“El animero”, una tradición ecuatoriana no apta para miedosos

“El animero”, una tradición ecuatoriana no apta para miedosos

Desde hace más de más de 450 años en algunos pueblitos de los Andes ecuatorianos, durante las nueve noches previas al Día de los Difuntos, este misterioso personaje se ha encargado de “guiar” hasta el cementerio a las almas que vagan perdidas, sin encontrar el descanso eterno. ¿Te atreves a conocerlo?

Si eres admirador de las leyendas, cuentos e historias paganas, este post es para ti.

Antes, la singular tradición del animero era reservada para los habitantes del pueblo, quienes al oírlo caminar por las oscuras calles pronunciado su oración, se encerraban en sus casas a rezar, con respeto y en silencio, mientras sentían que un frío intenso les recorría la espina dorsal al escuchar que el guía de las almas se acercaba.  Con el paso del tiempo la situación cambió, por lo que en la actualidad es común ver a decenas de turistas y curiosos avanzar detrás del animero, viviendo una experiencia inolvidable, en la que la vida y la muerte parecen caminar juntas a la par.

¿Te atreves a seguir leyendo?

  • ¿Dónde?

La tradición del animero se mantiene en seis pueblos del Ecuador, ellos son: Achupallas, Bayushig, Cubijíes, Penipe, Quimiac o Yaruquíes.

  • El animero

Es una persona del pueblo, un vecino como cualquier otro que heredó el rol de algún familiar. Un tipo común que tiene un profundo respeto por la labor que se le ha encomendado, que es, ni más ni menos, que guiar a las benditas almas que en el purgatorio purifican sus pecados de la tierra para alcanzar la gloria eterna.

Cubijíes – Riobamba

 

  • Llegó la noche

Durante el día en el pueblo todo parece normal, pero en el aire algo se percibe. Cuando la noche tienda en el firmamento su sabana negra agujereada de estrellas, el animero comenzará a recorrer las calles llevando tras de sí a una legión de almas.

Entre las once y las doce el animero comienza con el ritual que se repetirá nueve veces antes del 2 de noviembre, Día de los Difuntos. Se dirige a la iglesia del pueblo y se coloca una túnica blanca con capucha. Es blanca porque ese es el color de las almas que guiará. En su mano derecha toma el cráneo que en vida fue de una persona de “alma buena”, a su lado, en la misma mano, el Santo Rosario. En la mano izquierda lleva una campana y en el cuello un crucifijo.

Desde ese momento el hombre detrás del animero dice ser otro. Durante el ritual este vecino común no hablará con nadie ni mirará para los costados, mucho menos para atrás. Su labor es mirar para adelante, donde está la luz que las almas deben encontrar.

Desde la iglesia se trasladará caminando al cementerio. Una vez allí se parará frente a la bóveda principal, se tenderá en el piso boca abajo, con los brazos abiertos en señal de la cruz, y rezará un Padre Nuestro y un Ave María. Después comenzará a recorrer el campo santo y minutos más tarde se dirigirá a la puerta principal, desde donde comenzará su recorrido por las calles del pueblo.

  • Una experiencia mágica y misteriosa

Al animero apenas se le ven los pies, estos son cubiertos por la túnica que a medida que avanza por las calles, muchas de ellas de tierra, va adquiriendo un color amarronado en su parte inferior. Se detiene en cada esquina y recita su oración: ¡Despierten las almas dormidas, de ese profundo sueño, para rezar un Padre Nuestro y un Ave María, por las benditas almas del santo purgatorio, por el amor de Dios!

Cada vez que realiza la acción los curiosos se detienen. Muchos no ocultan su miedo ante lo desconocido. Toman distancia porque saben que, según la creencia, a medida que más camina el animero, más almas se habrán encolumnado detrás de él, y ¿¡A QUIÉN LE GUSTA CAMINAR ENTRE LOS MUERTOS!?

Al ser consultados, quienes han sido animeros dicen que a su paso por las calles del pueblo, muchos perros “se ponen como locos” y los intentan morder, pero llegan a diez metros y salen despavoridos, muchas veces aullando. Dicen que eso sucede porque los perros son capaces de percibir entidades imposibles de registrar con el ojo humano.

  • Fin del ritual

Las horas pasan y el animero ya ha recorrido gran parte de las calles del pueblo. Con una horda de almas regresa al cementerio. Una vez liberado de éstas regresa a la iglesia del centro del pueblo, se despoja de su indumentaria y se va para su casa, a dormir, como un vecino más.

¡Escucha la plegaria del animero y dinos qué te parece esta tradición ecuatoriana!

Fuente: tradicionoralchimborazo.blogspot.com y semecanta.com Fotos: Xavieres

 

Cultura pop y alimento espacial para mentes en expansión. #UnUniversoPorContar.