Nacer con vagina: el acoso callejero y otras violencias sexuales

Por: 7 marzo, 2016
 

Un lunes cualquiera, de esos en que las sábanas están con dosis extra de adhesivo, sales a la calle a tomar un taxi para no llegar TAN tarde a la oficina.

El taxista es un hombre mayor de 60 años. Negocias el precio de la carrera, entras al taxi y dices “Gracias”.

“No me agradezca, yo debo agradecerle a usted. Usted está para ser servida”, replica el taxista y luego no para de hablar, mientras te mira obsesivamente por el retrovisor:

“¡Ah, pero que lindas cejas tiene! Déjeselas pobladas que demuestran su belleza. ¡Qué lindo cabello! Se nota que lo cuida mucho…

“Estoy seguro que usted es una mujer de buen corazón, que dejaría de comer por darle al más necesitado. Si estoy mintiendo sáquese el zapato y pégueme en la boca.

“Tiene tan buen corazón que podría abrirle un espacio a este viejo.

“Que linda boca tiene…”

¿Qué harías ante esta situación? ¿Cómo te sentirías al respecto? ¡¿Qué carajos está pasando?!

Amiga, lo que está pasando se llama acoso. Si queremos ser más específicas, acoso sexual o acoso callejero. Sí, disfrazado de un señor mayor con palabras “amables”, que quieren “adularte”; pero que realmente te están incomodando.

Lo que yo hice fue pedirle que parara el vehículo, pese a que no había llegado a mi destino, y pagué la carrera. Sentía rabia, indignación y miedo.

Violencia, acoso y abuso a tu sexualidad

Ser mujer en este mundo es complicado. Es tan complicado, que dejas de ser.

Nacer con vagina significa que valgo menos porque soy débil y necesito de un hombre y de su protección. Nacer con vagina significa que como valgo menos, no me merezco los estudios. Como no merezco los estudios, no debo trabajar dignamente, ni ganar un sueldo justo. Nacer con vagina significa que mis únicos trabajos y roles son los del hogar y la familia.

Nacer con vagina significa que sólo sirvo para tener hijos. Y como sólo sirvo para tener hijos, tú, como hombre, debes tener relaciones sexuales conmigo. Yo solo sirvo para que tú me folles.

Nacer con vagina me hace propiedad de tu pene.

Te recomendamos leer La gran tercena y mirar este experimento social: 10 horas de caminar por Nueva York siendo una mujer:

Y es así, esto de nacer con vagina y ser mujer en este mundo. Eres empujada a dejar tu humanidad a un lado, para convertirte en un objeto, una cosa, un bien material; que no siente, ni piensa, ¡peor opina! Por ello, la sociedad -incluidas nosotras mismas-, permite abusos hacia nuestros cuerpos e integridad.

Así que el hecho de que una de tres mujeres en el mundo sufra de violencia física o sexual, principalmente a manos de su conviviente, es totalmente aceptable. También lo es que, 120 millones de niñas de todo el mundo han sufrido de abuso sexual en algún momento de sus vidas.

Ni qué hablar de que el 35% de las mujeres de todo el mundo ha sufrido violencia física y/o sexual por parte de su compañero sentimental u otra persona en algún momento de su vida. ¡Eso es normal! ¡Aplausos para ellas!   

Por ello, esto del acoso callejero es la mínima muestra de cuánto un hombre puede hacer por nosotras. Sí, esos “piropos”, besos volados estruendosos, silbidos y otros sonidos raros son simplemente un pequeño ejemplo de cuánto mereces ser respetada.

En Londres, Inglaterra, el 43% de mujeres jóvenes afirmó haber sufrido acoso en la calle. ¡Bien por ellas!

En Francia, una de cada cuatro mujeres tiene miedo cuando anda por la calle, y una de cada cinco ha sufrido acoso callejero. ¡Es de esperarse!

En Nueva Delhi, India, el 92% de las mujeres sufrió algún tipo de violencia sexual en espacios públicos a lo largo de su vida. ¡Normal!

Por último, en Quito, Ecuador, el 68% de las mujeres sufrió algún tipo de acoso sexual y violencia sexual, al menos una vez durante el año previo. ¡Así debe ser!

¿Así debe ser? ¿Normal? ¿Es de esperarse? ¿Bien por nosotras?


¿Nacer con vagina me hace propiedad de tu pene?

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No te quedes callada

Después que me bajé del taxi, además de sentirme asqueada por la situación, me sentí culpable… por haberme quedado callada. No le dije al taxista lo que pensaba por no ser grosera o violenta. Es algo que siempre hago (o dejo de hacer) ante una situación de acoso callejero.

De pequeña me dijeron que cuando una persona te dice o hace cosas desagradables, no responda con lo mismo, sino que la ignore y siga con mi vida; así no le doy el gusto de verme enojada o herida. Es así como aprendí a “ignorar” el acoso callejero.

Así que, cuando voy a la tienda a comprar pan, lo ignoro. Lo mismo pasa camino a mi trabajo o esperando el bus. Incluso, también pasa en el bus. Sucede tan seguido, que ya dejamos de notarlo.

Pero realmente me sigue enojando, me sigue violentando, me sigue hiriendo…

¿Qué hacer?

No lo sé. Por ello lo pregunté públicamente, a ver si alguien me daba luces. Dicen que un problema no se soluciona si no se habla de ello. Hablemos.

Mi prima Gabriela me contestó y me contó que una vez en el bus, un tipo que tenía una discapacidad física, usaba sus características para sobrepasarse con las mujeres a su lado.

“Comencé a llamar al conductor en voz alta, diciéndole que este hombre me estaba acosando, hasta que el tipo se bajo del bus”, relata.

“No debemos seguir normalizando estos actos, creo que el poner en evidencia al agresor es bueno para nuestro desahogo y para su vergüenza (si es que siente alguna); pero sobretodo para salir del silencio… No es violencia de lo que hablo, sino de evidenciarlos, decir lo que nos están haciendo en voz alta. Podría ser una frase que se difunda y que las mujeres digamos en el momento en el que nos violenten de estás sutiles formas”, nos aconseja.


Poner en evidencia al agresor es bueno para nuestro desahogo y para su vergüenza.

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Claudia, una compañera de la universidad también me dijo algo parecido:

“Al hombre se le enseña a respetar dejándolo en evidencia, dejándole saber que no estamos dispuestas a tolerar su acoso. Ojalá más mujeres empiecen a concientizar sobre este problema, la solución, creo, está en nosotras”.

Creo, al igual que Claudia, que para detener el acoso callejero, debemos actuar. Somos responsables de lo que hacemos y decimos, pero también de lo que callamos. Si un hombre no tiene miedo ni vergüenza de gritarte groserías en la calle, por qué tú deberías tener miedo o vergüenza de responderles con un:

“¡Déjame en paz! ¡Esto es acoso!”