Bebidas azucaradas, ¿culpables de todos nuestros males?

Existe en México una campaña publicitaria donde se advierten los peligros de consumir alimentos industrializados. La Alianza por la Salud Alimentaria -nombre que lleva la agrupación que se encuentra detrás de la publicidad- señala en su manifiesto la necesidad  de establecer medidas que propicien el mejoramiento de la salud de la población mexicana a través de la introducción de cambios a nivel publicitario y legislativo en materia de alimentación. Sugiere, por ejemplo, que las etiquetas de los productos alimenticios y bebidas azucaradas incluyan leyendas que indiquen el grado de procesamiento, las cantidades de azúcar,  grasas totales, grasas trans, grasas saturadas y sodio que contienen.

A primera vista no parece insensato exigir una nueva regulación en el ámbito de la publicidad alimentaria, ni que se promueva la lactancia materna o el consumo de agua en vez de bebidas azucaradas. De hecho no lo es, si no fuera por la forma en que este mensaje se hace llegar a los consumidores. Sobra decir que se ha sobredimensionado la ecuación azúcar = diabetes, sin reparar en hechos que parecen obvios, pero que se omiten indiscriminadamente en cada uno de los spots de radio y televisión de esta organización. Por ejemplo, el lanzamiento inicial de esta campaña hizo uso de tres espectaculares publicitarios que muestran a personas ciegas, amputadas o muertas por causa del consumo de refresco, sin advertir que para que estas condiciones sucedan es preciso que ocurran una serie de eventos concatenados. Estos comienzan con la predisposición genética a la diabetes, pasando por el abuso en el consumo de azúcar y terminando con una mala praxis en el tratamiento de la enfermedad. En el anuncio no se menciona que nadie morirá por tomar una bebida de la compañía refresquera (haciendo alusión a Coca-Cola) cada tres meses y que la responsabilidad y el criterio personal juegan un papel importantísimo en la alimentación, pues nadie es forzado a consumir alimentos chatarra ni a beber un litro de refresco al día. 

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En el último video publicado en el sitio web de esta organización, se ve a Santa Claus hablando en metáfora, llamándose a sí mismo “secuestrado” por la multinacional (puede verlo haciendo clic aquí). De igual modo, este personaje nos da cifras crudas: “24.100 mueren cada año por el alto consumo de bebidas azucaradas”  y llama a la compañía “conocedora de niños tanto como los pedófilos”. La realidad es que, si se asume que cada una de las 24.000 personas fallecidas tuvo alguna vez contacto con algún profesional de la salud, estas fueron advertidas en cancelar la ingesta de refresco y muchas de ellas no lo hicieron.  Tampoco siguieron un tratamiento controlado que les permitiera sobrellevar la enfermedad sin estragos. Fue decisión personal y no de las refresqueras ignorar las advertencias médicas y desdeñar las medidas sanitarias para el control eficiente de la enfermedad.

¿Y la responsabilidad del consumidor?

Satanizar a las corporaciones y rescindir el libre albedrío de los consumidores a través de campañas que imitan a otras, ya existentes en otros países, coloca a estas organizaciones en el mismo escalón de irresponsabilidad social en el que se encuentran las corporaciones que emiten publicidad incompleta o engañosa. Proyectan al diabético o con sobrepeso como una víctima inocente de un consumismo cruel y asesino donde no existen puntos medios ni mecanismos para el consumo responsable y moderado.

En la población mexicana, que quizá sea reflejo del resto de Latinoamérica, el control de enfermedades inherentes a vicios o carencias alimenticias, se puede lograr a partir de políticas públicas integrales que aseguren la igualdad en el racionamiento de alimentos sanos. A través de la educación alimentaria desde los niveles más básicos y por medio del apoyo a la producción agrícola nacional. Con todo esto, bastaría para propiciar una conducta alimentaria responsable, por más refrescos o pastelillos  asequibles en las tiendas y supermercados.

¿Por qué no informar que una persona puede padecer diabetes sin nunca haber consumido bebidas azucaradas? ¿Por qué no invitar a la comprensión aguda de esta enfermedad invitando a moderar las porciones en que es permisible consumir este tipo de alimentos? ¿Por qué no dejar a criterio personal la ingesta de estos productos después de brindar información completa y veraz?   

Menos sensacionalismo, mejores hábitos de alimentación

La publicidad sensacionalista en mención ignora que más de 3.000 familias dependen de la actividad refresquera, al menos en Coca-Cola México. O que una gran parte de la actividad económica del país está soportada por empresas que comercializan pan, frituras y refrescos generando un mercado de más de 180 millones de pesos, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

Es menester que, a falta del interés del gobierno por emitir e implementar acciones en favor de la salud, los jefes de familia encuentren los medios para obtener información concisa, simple y verídica, que les permita tomar decisiones prudentes sobre su alimentación y  la de su familia.

Si usted, que mantiene una alimentación equilibrada, se decide a tomar un poco de refresco, debe recordar que dicho “atrevimiento” no lo dejará ciego ni lo hará merecedor a una amputación. Aunque es desaconsejable la ingesta de bebidas azucaradas -cuyo promedio de azúcar es de 105 gr por litro- quien no padezca diabetes, hipertensión u obesidad mórbida, no tendría necesariamente que imaginar su autodestrucción la próxima vez que quite el seguro de una lata o la taparrosca de un envase de refresco.

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