El despertar

Por: María Laura Mieles

No empezaré con citas de escritores famosos ni con una laguna mental, partiré desde la confusión que te provocan ese tipo de sucesos.

Es temprano en la mañana y siento que la respiración me falta cada vez un poco más; abro los ojos en medio de las tinieblas de un lugar delimitado por cuatro paredes. Soy solo yo, dejo de imaginar. Es simplemente estar en el limbo, en un espacio libre de recuerdos y sentimientos. En ese instante, al abrir los ojos, soy realmente yo, sin remordimientos ni pensamientos. Es la persona que simplemente existe, sin un porqué ni un para qué.

Soy aquel ser que está despertando del letargo suavemente, libre del shock de recordar toda la miseria que llevaba sobre sus hombros al cerrar los ojos; creyendo en vano, que la memoria no volverá. Intenta disfrutar de ese espacio de tiempo, dure mucho o dure poco.

Luego, como una explosión regresa toda la información, vuelve de golpe todo lo que era tan cómodo no saber: cómo te llamas, dónde estás, acabas de despertar, estás sola… Lo único que aún no alcanzas a recordar es quién eres…Tal vez porque ni siquiera en la noche anterior a este despertar lo tenías claro.

Muevo la cabeza con recelo, me siento en la cama, me incorporo… supongo que de una forma u otra es necesario moverte. Trato de buscar a ciegas mis zapatillas bajo la cama, sin ser para mí una opción el encender la luz. Me gusta la comodidad de pensar que soy parte de aquella oscuridad, que levito en el ambiente, que somos una sola; pero el deber llama y la responsabilidad de haber pasado los 18 años, pesa.

Me gusta la comodidad de pensar que soy parte de aquella oscuridad, que levito en el ambiente, que somos una sola.

La ducha tiene un sonido diferente, es hasta gracioso como las tinieblas te permiten escuchar las cosas de manera distinta; el agua cayendo y el sonido de todos tus pensamientos empiezan a enrarecer el ambiente. Es mejor salir del baño. Imaginas que aún estás bien con el tiempo y, luego de vestirte con esa ropa que te hace sentir una persona distinta a ese ‘algo’ que despertó en la cama hace una hora, te diriges a realizar lo que estabas postergando… encender la luz.

Lo hago, me deslumbro, cierro mis ojos de nuevo y a tientas me paro frente al espejo -es necesario ver si tu aspecto antes de salir de casa no ofende a los demás- y justo en ese instante, en el que intentas acomodar tu visión después de tanta oscuridad, aparece una figura junto a mi reflejo, a la cual, por estar en ese proceso de volver a ver, no puedes distinguir bien.

No recuerdas haber estado con alguien la noche anterior, ni siquiera recuerdas hace cuanto estuviste con alguien. Solo ves ‘algo’ y te preguntas si ese ‘algo’ existe en realidad o lo estás imaginando; te atreves a pensar incluso que aún no has despertado. Pero, oh amigos, ese ‘algo’ existe.

Ese ‘algo’ en el espejo es el reflejo de lo que más me asusta; mis miedos han tomado forma antropomorfa, han tomado SU propia forma. Me mira con esos ojos marrones y la expresión de indiferencia que tanto detesto, que me aterra, y a su a la vez me congela. No alcanzo a emitir palabra, simplemente lo miro a través del espejo; aunque ya a este punto no sé si lo miro yo o si es él quien me está mirando.

Recuerdas de repente que debes salir, que debes cumplir con esas cosas que, por ser adulta, el mundo se empeña en convencerte de realizar; que la responsabilidad no espera ni acepta excusas; que tienes tantas tareas pendientes para hoy; que ni siquiera sabes como ha de alcanzarte el tiempo.

Que la responsabilidad no espera ni acepta excusas; que tienes tantas tareas pendientes para hoy; que ni siquiera sabes como ha de alcanzarte el tiempo.

Vuelvo mi mirada al espejo y ya no está. El reflejo junto a mi se ha ido, tal cual pasó en realidad. Él fue parte de esta oscuridad mañanera; no puede ser de otra forma. El bienestar que sentí al abrir los ojos solo podía compararse con el que sentía a su lado. Estoy convencida de que amaneció conmigo, con aquella que no era niña, ni mujer… con mi esencia, con la que su edad mental no guardaba relación la cronológica ni emocional.

Paso el cepillo por mi cabello y vuelvo a buscarlo, como un acto desesperado por verlo de nuevo, sin éxito. Otra vez se ha marchado, es bastante inútil buscarlo. Me siento en la cama mientras contengo las ganas de gritar y pienso en lo irónico, pero eficaz, de haber aprendido con él que la tristeza se lleva en el alma; que a los demás no les importa ni les agrada verte de esa manera, que generalmente es esa indiferencia la que te hace fuerte.

Me dispongo a salir de ese lugar donde él habita, de dónde no se irá. Se me hace tarde para llegar a ese lugar al que voy todas las mañanas y del cual salgo agotada. Pensando en que no fue algo común, que no es algo a lo que una esté acostumbrada, de esas cosas que no sabes porque te ocurren, que ni siquiera alcanzas a entender si es que en realidad están aconteciendo, tan irreales y mágicas; que pese a no haber vivido nada parecido a tus veinte y tantos, ahora, una vez que te ha ocurrido, simplemente no quieres que te dejen de pasar.

Volveré hoy a ese lugar, como cada noche; apagaré la luz, cerraré los ojos, lo sentiré llegar.

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