Anoche vi a Kevin Johansen… y no estaba durmiendo

Por Gabriela Logacho

Hace tiempo que esperaba escuchar su música en vivo. Después de 7 años un concierto de Kevin Johansen volvía a Quito, y sí, con su banda que siempre lo acompaña: The Nada.

A mí me faltaban pocas horas para volver a mi trabajo… en otra ciudad. Pero amigos, la música… La música siempre hace bien a todo. Llegamos a Casale di Carmine ubicado en Tumbaco -en las afueras de Quito-, luego de un suave viaje desde el caluroso Guayaquil con mi hermana. Esto era un regalo para ella y quizá también una excusa para compartir más, porque como ustedes han cantado alguna vez, el timing es la respuesta.

En mi cabeza va dando vueltas

Lo primero fue compartir la enorme fila para ingresar y que verifiquen que habíamos hecho el depósito. Encuentros con amigos fans de Kevin hicieron mucho más amena la espera, mientras bebíamos cervezas artesanales frías como el clima -quién pensaría que sería lo ideal, pero sí que lo es- para relajar los nervios por que ya empiece la fiesta.

9:30 de la noche. Ricardo Pita con un repertorio muy movido hizo sacudir y cantar al público quiteño. En mi cabeza va dando vueltas  la espera. Vino la prueba de sonido de los ingenieros del concierto de Kevin Johansen. La gente lo aclamaba pensando que ya venía, pero el turno era de Wañukta Tonic, con sus sonidos folclóricos y ritmos tropicales con fusión ecuatoriana que nos puso en modo baile. Fue un buen lanzamiento de su EP.

Los ingenieros de Kevin haciendo lo suyo.


«Mira también Liniers y Kevin Johansen se unen en un libro»


Pero la noche se volvía a interrumpir con más espera, más pruebas de sonido y música de fondo para tranquilizar a la desesperación. Entonces serían las 23:30, ya no recuerdo la hora, pues apareció la banda completa con Kevin y todo fue hermoso así. Empezó el concierto con la canción Es como el día de su nuevo álbum titulado Mis Américas -mismo nombre de la gira- y eso fue como un flechazo, donde todo confluye en dulzura alrededor. Sí, sí, quería tanto que cantara esa canción.

¡Qué tipo tan agradable!

Se vinieron canciones como Baja la Tierra del disco Bi, otras de los discos Sur o no Sur; Logo, y más como Che Donalds o Mc Guevara, Daysi, Baja a la Tierra, En mi cabeza, Modern Love, su cover de Bowie. Por supuesto tocó las más pedidas de la noche: Desde que te perdí Anoche soñé contigo.

Los ritmos cumbieros/andinos hacían que mi cuerpo, todos los cuerpos, se movieran al ritmo de la música. Pero ¿cómo no moverse? Si todas sus canciones ondean algo mágico que no deja parar nunca.

Hubo un momento de tanta alegría que la gente empezó a gritar ¡Kevin Presidente! y él sonrió y contestó: ¿Kevin o Lenín? Todos reímos. Aparte de su música, Kevin lleva mucho carisma y lo transmitió durante todo el concierto, incluso lanzándose hacia el público tipo slam… ¡qué tipo más agradable!

Ya sé lo que me vas a decir

Se acercaba el final del concierto de Kevin Johansen y yo solo deseaba que aún cantara más canciones. ¿Cómo tan rápido? Solo imaginen la siguiente situación: mucha música, baile y tanto más que da la impresión de que el tiempo pasara muy lento… pero ya se marcaban las 1:45 am. Se despidieron por un rato, y como todo público, qué más íbamos a decir, que queremos más música, que nunca se termine cuando la banda es muy buena.

Entonces volvieron y no solo tocaron 2 canciones, tocaron ¡unas cuatro más! Entre ellas, Guacamole y Cumbiera intelectual, donde muchas chicas sintieron el impulso de bailar en el escenario. Sucede en los conciertos de Kevin.

Pero llegó el momento de darle el fin y lo hizo con la canción en la que participan todos los de la banda The Nada, me refiero a Fin de fiesta (inserte lágrimas por dentro).

Eran algo así como las 2:30. ¿Pero me importaba la hora? ¿Me importaba tener que dormir un par de horas, tomar el avión e ir directo a la oficina? «¡Qué buen concierto, loco!», decía la gente a la salida. Y yo iba pensando lo mismo. Nos miramos con mi hermana. Ella me dijo: «Gracias por tan buen regalo». Gracias Kevin, pensé, con la felicidad de no saber qué más decir… de quedarse sin palabras.

Fotos: Gabriela Logacho y Bitácora de la Sandía

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